¿Y si bajamos impuestos?

Ad portas de una reapertura de la economía, después de dos meses en que el aparato productivo se paralizó, el país se debate en medio de la incertidumbre, en salidas probables hacia una reactivación que permita recuperarnos rápidamente y lograr disminuir el desempleo e impulsar la generación de riqueza.

No es difícil entender la crítica situación que estamos atravesando. A la destrucción del tejido empresarial hay que sumarle el aumento del gasto público para atender las contingencias de salud y los apoyos a sectores claves de la economía; lo que empujará el déficit fiscal a más del 7%, rompiendo la tendencia que traían las cuentas nacionales para ajustarse a la regla fiscal.

Pero además, recibimos la herencia de un gobierno “al debe” que disparó la burocracia, duplicó la deuda externa entre 2010 y 2018 -llegando al 43% del PIB- y comprometió $129 billones para la implementación de “todo lo pactado” con las Farc en Cuba. ¿Qué hacer?

Por lo pronto, Claudia López se inclina por establecer el Impuesto al Patrimonio –para aquellos que superen los $5.000 millones-, con el fin de sostener lo insostenible: Más subsidios.

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¿Cómo piensa imponer otro gravamen a la riqueza, cuando Colombia tiene las tasas nominales de impuestos más altas de América Latina y una de las más elevadas a nivel internacional?

En términos fiscales, sería contraproducente e irresponsable la alternativa que plantea la alcaldesa, teniendo en cuenta el duro golpe que recibió el aparato productivo y la inevitable recesión que se avecina.

Debilitar a quienes sostienen aún el empleo y además, ahora tienen que reconstruir sus maltrechas finanzas, a pesar de soportar una pesada carga impositiva, no es más que una salida populista.

Según el Fondo Monetario Internacional, todos los países afectados por la pandemia se verán enfrentados a una recesión, cuyo resultado es una caída superior al 3% de la economía global.

Asimismo ha señalado éste organismo que Colombia, que creció en el último trimestre el 4,1%, verá una reducción del PIB entre el 0,5% y el 1%.

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Considerando las consecuencias negativas que las cifras anteriores llevan consigo, el futuro de nuestra economía se complica. Por eso, hoy más que nunca debemos acabar con la idea intervencionista del Estado a través de políticas confiscatorias que generen un desestímulo para la iniciativa y la inversión privada.

La propuesta inicial se debe enfocar entonces en reducir la excesiva tasa de contribución fiscal, que según el Banco Mundial es del 71,2%, al consolidar los impuestos y tasas a nivel territorial con la nacional. Empezar con disminuir la tasa impositiva sobre la renta que actualmente es del 36%, a por lo menos un 20%, hasta el 2026, sería un estímulo para capitalizar y permitir una rápida recuperación empresarial y una disminución del desempleo.

De igual forma, sería interesante pensar en una posible reducción del IVA a tasas planas y muy bajas, en la compra de todo producto manufacturado en Colombia, para transacciones menores de 50 millones de pesos.

Asimismo podría pedirse al sector manufacturero disminuir en un 20% los precios de sus bienes y a los comerciantes, bajar en un 10% todos sus productos. Una medida que, al aplicarse el resto del año, lograría una mejor rotación, normalizando o facilitando el consumo en hogares y empresas.

De la excepción del IVA se excluirían los productos importados. El beneficio sería para productos nacionales, jalonando y dinamizando el aparato productivo local.

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Éste sería el mejor incentivo que le podemos brindar a nuestra economía, permitiendo la generación de empleo; estimularía la contratación, generaría ahorro y volvería al país atractivo a la inversión extranjera.

La coyuntura sugiere también la oportunidad para flexibilizar el contrato de trabajo y reducir la informalidad.

Finalmente y no menos importante, está la reducción del Estado, estableciendo una política de austeridad a nivel nacional.

Las opciones para convertir la crisis en oportunidad, están dadas. Lo que sigue, es poner en marcha estrategias que nos faciliten convertirnos en nuestra propia “tabla de salvación” a través de nuestra capacidad  productiva.

Los desafíos obligan a tomar decisiones audaces. La economía va a quedar en cuidados intensivos y ya es el momento de avanzar hacia un país con menos Estado y más libertad.

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