Un canto de sirena

A veces me pregunto si Colombia aprendió de la experiencia que le dejó la firma del Acuerdo de Paz con las Farc, que fue una oda a la impunidad; pasándose de fajo las convenciones sobre derechos humanos -que parece que sólo le sirven a la guerrilla para defender su romanticismo revolucionario-, nos encimó una carga para la “reincorporación” a cambio del desprecio a sus víctimas y la posterior creación de las “disidencias”.

Y ahora se arrima el ELN. Recuerdo, durante la conmemoración del año del asesinato de los 22 jóvenes cadetes en la Escuela General Santander, la presencia de sus padres, en su mayoría humildes y de origen campesino, venidos desde todos los rincones de Colombia.

Entre lágrimas, su desconsuelo por el dolor de haber perdido a sus hijos, que habían logrado llegar hasta ese nivel por su esfuerzo académico y deportivo -en un país que excluye a los más pobres-, me hizo sentir rabia y frustración.

Lea también: Una novela de misterios

Volví a recordar el Acuerdo de Paz; la burla de ‘Iván Márquez’, la comedia de ‘Jesús Santrich’ y la desfachatez de ‘El Paisa’, que no satisfechos con los excesos recibidos, refundaron su propia guerrilla y consolidaron una alianza macabra con la narcodictadura de Nicolás Maduro.

Hoy el ELN es quien presiona por un diálogo con el Gobierno. Lo triste es que cuenta con corifeos, en su mayoría extranjeros. Los mismos cuyos propios países no aceptarían nada similar a lo que proponen aquí.

En medio de la dura batalla que estamos librando por nuestra supervivencia, en plena pandemia mundial, el grupo terrorista se muestra ante los medios como dueño de la agenda política y social de los colombianos; merecedor de aplausos y agradecimientos por el magnífico ‘gesto de paz’ de declarar un “cese unilateral” al fuego -que tampoco ha cumplido, pues ya se han evidenciado enfrentamientos con tropas del Ejército Nacional en el Catatumbo, Norte de Santander-. Además, aún mantiene a sus secuestrados en cautiverio y continúa con amenazas y hostigamientos en el sur de Bolívar, Antioquia, Chocó y hasta en resguardos indígenas.

El Ejército de Liberación Nacional es un grupo terrorista con fuertes estructuras conectadas con los carteles de la droga más poderosos de la región, amparados en Venezuela y con entrenamiento en explosivos por parte de integrantes de la organización islámica Hezbollah.

Le recomendamos leer: Una luz en el camino

Su astucia hace que el ELN mida cada paso que da, porque además ha aprendido a lo largo de la historia que su éxito es permear las instituciones que deberían estar por fuera del conflicto.

Así se evidenció a finales del año pasado, cuando infiltró 20 universidades para que los estudiantes aplicaran su ideología anarquista, antifascista y violenta durante las marchas que se registraron en distintas ciudades, con daños incalculables.

Lo que tenemos en éste momento, en el marco de un supuesto nuevo deseo de negociación, no es más que la clara intención de lograr un “entrampamiento” que no tenga reversa: La toma completa de nuestra soberanía no será a través de la vía armada, sino de la «diplomacia interna».

Ésta estrategia está impulsada por la izquierda radical y contempla el aprovechamiento de situaciones coyunturales para presionar al Gobierno a reanudar una “mesa de diálogo”, dinamitada en más de una ocasión por ellos mismos.

Las peticiones, con visos de legalidad, han llegado como siempre desde la Iglesia Católica, que les maquilla sus atrocidades desde su ala comunista, y de organismos internacionales que guardan silencio cómplice frente al ataque a los pueblos más vulnerables de Colombia.

También le puede interesar: La amenaza de Hezbollah

Es demasiado peligroso para nuestro país ceder ante ésta imposición y aceptar la ventajosa “propuesta”, encaminada a la declaratoria de un ‘Acuerdo Humanitario’ en el departamento del Chocó y la zona de El Catatumbo.

Esto no sería otra cosa que establecer “Diálogos Regionales”, bajo argumentos falaces de aliviar la situación de los derechos humanos de las comunidades que habitan esos territorios.

Aceptarlo, es admitir que el Estado es igual de violador de derechos; y no podemos perder de vista que la negociación y la diplomacia también se utilizan en la guerra, como recurso para legitimar lo conseguido en la confrontación y donde se define un cambio en las relaciones de poder.

La única paz es la que se ejerce con la fuerza del Estado de derecho, con su legitimidad, autoridad y justicia; porque nuestra sociedad merece respeto. Porque ya una vez el Presidente Uribe lo logró, cuando convirtió al ELN en un pequeño ejército de harapientos; la desgracia es que fueron revividos por el Acuerdo de Paz de Santos con las Farc.

Volver arriba