El derecho al desarrollo

Luego de la crítica situación que vivieron los departamentos del Cauca, Valle y Nariño, por cerca de  27 días a causa de la “Minga Indígena” que dejó pérdidas por 1.200 millones de pesos diarios, el país conoció la capacidad violenta del CRIC que funciona con una estrategia de inversión revolucionaria, enfrentando el orden constitucional bajo el ropaje de las reinvindicaciones sociales y económicas, sometiendo la visión del desarrollo rural a la miseria y a una nueva forma de esclavitud y subdesarrollo.

Este escenario puso en evidencia la urgencia de brindar herramientas a las comunidades indígenas, campesinas y afrodescendientes, para la generación de su propia riqueza; sin tener que esperar a que las partidas presupuestales de la Nación, que se quedan en manos de políticos, de intermediarios y de ‘líderes’ nocivos, lleguen algún día a cientos de familias que hoy están sometidas a la pobreza.

La incapacidad del Estado para responder a las carencias de todos los ciudadanos, ha marcado un nuevo camino hacia el cambio en las ideas de negocio y la creación de riqueza, dejando al descubierto que no hay ninguna otra forma de desarrollo en el mundo más exitosa que el capitalismo.

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Es precisamente la necesidad de un modelo que garantice oportunidades a la  base rural de la población, donde el emprendimiento se convierte en la única solución viable y sostenible en el tiempo. Sin embargo, no puede ser un emprendimiento tradicional, sino aquel que va “más allá del bienestar financiero de las organizaciones, que tiene en cuenta el entorno y se compromete con los actores implicados: empleados, consumidores, proveedores, el medio ambiente y la cultura”.

Así lo describen John Mackey -fundador y CEO de Whole Foods Market- y el académico hindú Raj Sisodia, que basados en el ‘capitalismo consciente’, señalan que es primordial “volver a la esencia de los negocios para mejorar la vida de las personas y generar valor a todos los grupos de interés”.

En Colombia, entidades como Ancestry and Development –A&D- han iniciado un trabajo interesante con comunidades de distintos departamentos, con una meta ambiciosa pero no imposible: “Conservar lo ancestral, transformando oportunidades en negocios justos, seguros, exclusivos y rentables, adelantando procesos de mediación, facilitación y asistencia a planes de desarrollo sostenibles y sustentables”.

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Tomando modelos exitosos de otros países como Canadá, Nueva Zelanda y Chile, en donde asociaciones indígenas y campesinas han logrado relacionarse con sectores de la economía como la minería o la elaboración de productos de exportación, A&D se ha vinculado a iniciativas que a largo plazo resultarán claves para lograr que en Colombia más familias sean independientes con su propio negocio.

En esta ocasión, en atención a una convocatoria abierta a comunidades del Valle y Cauca -que desbordó la demanda y llegó hasta el departamento del Quindío- la entidad recibió más de 30 proyectos de emprendimiento en una jornada especial desarrollada en la ciudad de Cali.

Estas personas ingresarán al mercado bajo el esquema de un modelo de desarrollo sostenible, en donde quienes emprendan un negocio, inviertan parte de sus utilidades en otros proyectos que vinculen a personas de su misma comunidad.

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El mensaje es absolutamente claro: Tenemos que quitarnos de la mente la idea de que lo producido por nuestros indígenas, que viene de tradiciones ancestrales, necesariamente es sinónimo de pobreza.

Por el contrario, su emprendimiento se convierte en un sello de marca que resulta ser sumamente atractivo para empresarios de otros países. Tenemos a nuestro favor que ya existe un mercado que quiere incentivar a las comunidades ancestrales, el resto será enseñarle a nuestros indígenas, negros y campesinos a ofrecer lo mejor de sus tradiciones al mundo. Nuestra tarea apenas comienza.

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