Antifa: violencia juvenil al extremo

El uso de la violencia extrema como método de protesta en la vía pública, la destrucción de la propiedad privada y las agresiones físicas contra sus oponentes o cualquiera que esté “mal parqueado”, son los rasgos comportamentales de un movimiento que se autodenomina ‘antifascista’, que nació en Alemania, en 1923, como parte de la organización paramilitar del Partido Comunista y aunque había sido casi extinguido, resurgió en los años 80 para extenderse en distinta ramas hacia Suecia, Dinamarca y Siria.

Por obvias razones, es el adjetivo perfecto dentro de la inversión de la realidad: los fachos, terroristas y asesinos urbanos, son ellos; ahora regados por diversos países, llegando incluso a tener redes en Suramérica.

El asesinato de George Floyd en Minneapolis, Estados Unidos, el pasado 25 de mayo, fue el pretexto y el detonante que utilizaron para replicar las mismas acciones vandálicas que en Chile y Colombia.

La intención de éstos actores es generar un ambiente de zozobra bajo el argumento de una lucha “del pueblo” por una causa justa, instrumentalizando jóvenes a través de la manipulación de sus emociones, para legitimar reivindicaciones tan diversas como imposibles de satisfacer.

Sin duda, los Antifas necesitan impedir a toda costa la reelección de Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos. Las finanzas de la agenda globalista -ONU, OMS- más la agenda de las ONG de derechos humanos, medio ambiente, feministas y proaborto, han sufrido un duro revés y ha retardado el control de occidente y sus democracias liberales.

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Luego que el video de Floyd comenzara a circular en Twitter, las células Antifa se movilizaron a Minnesota para “ayudar” a los manifestantes de BLM -Black Lives Matter-. Una semana después, casi 70 ciudades continúan viviendo la violencia anarquista, en donde priman las agresiones a la población y los policías son arrollados por vehículos fantasma o heridos a bala.

Paralelamente, grandes marcas como Apple, Amazon, Target y Walmart, han sido blanco de saqueos a varias de sus tiendas; pero también pequeños comercios, incluso de familias negras. El objetivo es la destrucción del capitalismo, para que además de la crisis generada por el covid-19, éstas manifestaciones profundicen aún más la destrucción de la economía, impidiendo su recuperación al tener que posponerse la reapertura de algunos Estados como Nueva York, que se vio obligado a decretar un toque de queda para retomar el control.

El plan instrumental del movimiento anarquista se ha convertido en todo un arte que surge de la generación de una indignación colectiva, pasando por el discurso del odio y finalizando con la psicología del miedo. Su principal arma se encuentra en el plano digital, desde donde construyen toda una narrativa que exacerba los ánimos de aquellos que se dejan manipular fácilmente y en quienes inoculan un resentimiento cimentado en gran medida en imaginarios.

Los ejemplos más claros los vivimos Colombia y Chile, a finales de 2019, en dónde se identificó claramente la presencia de banderas y símbolos de Antifa durante las manifestaciones que dejaron varias personas muertas, miles de heridos y millonarias pérdidas económicas.

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Ambos países soportamos estoicamente los zarpazos del inicio de la estrategia revolucionaria que ataca el Estado derecho, coarta la libertad e invierte los roles de la sociedad en donde los miembros de la Fuerza Pública -encargados de nuestra protección- pasan a ser victimarios y los delincuentes, que atentan contra la integridad de cualquier persona, se convierten en sus “inocentes víctimas”.

Es importante recordar que en ambos casos, el punto de partida es la ya conocida “revolución molecular disipada”, que tiene como principal canal de difusión las redes sociales y apunta a la ruptura de la rutina diaria a la cual todos estamos acostumbrados, para entrar en una crisis permanente.

Para ello, los revoltosos enmascarados destruyen los recursos necesarios para el normal funcionamiento de las ciudades -como los establecimientos comerciales-; induciendo a la población a una profunda ofuscación, al sentirse impotente y desprotegida ante actos vandálicos que parecen “espontáneos”.

Los pequeños grupos –o moléculas- atacan a todo lo que representa el Estado, mientras exigen la renuncia del Presidente de su país por no brindar “soluciones inmediatas” a problemas que en la mayoría de los casos van conectados a grupos poblacionales considerados excluidos históricamente.

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Lo que hemos visto en los tres países -Chile, Colombia y Estados Unidos- nos demuestra que ceder ante lo que ellos denominan “la voz del pueblo”, lleva a una verdadera crisis institucional y un escalamiento hacia niveles de violencia extremos como mecanismo de presión, para mostrar que el sistema actual no funciona y que es incapaz de facilitar la protección de la población.

Las imágenes de las protestas grabadas en los últimos días, evidencian la magnitud de las aglomeraciones con jóvenes vestidos de negro -el uniforme Antifa-, empuñando armas, martillos, ladrillos y palos para romper lo que encuentren a su paso.

Los graffitis en edificios destrozados son su sello personal, en ellos se pueden leer las siglas: FTP -Fuck the Police-; ACAB – All cops are bastards – “Todos los policías son bastardos”.

El mapa completo de la operación criminal de éste movimiento obliga a tomar medidas inmediatas. Trump ha sentado un precedente, abriendo la posibilidad de incluir a los antifascistas como “organización terrorista”; miles de personas firmaron una petición enviada al mandatario.

Sin embargo, el paso más importante será dejar de subestimar los alcances del socialismo del siglo XXI, que poco a poco ha ido ganando un terreno importante, poniendo en serio riesgo el destino de las sociedades libres.

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