Ecuador y la víbora sin cabeza

Los actos de terrorismo acontecidos en la ciudad de Quito, demuestran que más allá del descontento de un pueblo, hay una fuerza mucho mayor cuyo objetivo es la caída del Presidente Lenín Moreno.

Lo sorprendente es que todo esto que se desató recientemente, viene de la herencia de Rafael Correa para Ecuador: una deuda pública insostenible.

Al entregar su mandato en 2017, Correa aseguró que la deuda sólo llegaba a 27.871 millones de dólares, indicando que dejaba “la mesa servida, sin sobresaltos y con la mayoría de problemas resueltos”. Nada más falso.

A pesar de haber tenido una bonanza económica derivada del aumento en el precio de las materias primas –al igual que otros países de América Latina-, Correa decidió aumentar el gasto público pasando del 25% del PIB a 44% entre 2007 y 2014, año en que se desplomaron los precios del petróleo en el mercado mundial.

Por estas razones, una vez posesionado el Presidente Lenín Moreno, la realidad de las cuentas por pagar era otra. Dada la crisis del sector, el país había entrado en mora con las petroleras debido al modelo de contrato donde se le paga a las empresas privadas un precio fijo por barril extraído, que no tiene en cuenta si el crudo se abarata o no. La deuda del Ecuador con las empresas petroleras ascendió a los 2.000 millones de dólares, por servicios de explotación que no han podido saldarse en los últimos años.

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A éstas cuentas por pagar se le sumaron 1.500 millones de dólares comprometidos de “anticipos petroleros” con China y Tailandia.

Por su parte, a los jubilados del sector público se les debía más de 1.100 millones de dólares y a la Seguridad Social, unos 7.000 millones de dólares, por cuenta de bonos del Estado que el organismo tuvo que comprar para dar liquidez a la caja fiscal.

La Contraloría General del Estado le añadió 2.800 millones más, de una deuda que el Gobierno de Correa borró de las cuentas del Instituto Ecuatoriano de la Seguridad Social –IESS-, de las cifras que entregó el exmandatario. Meses después, el órgano de control anunció una auditoría a la deuda, interna y externa, contraída durante los últimos cinco años del mandato de Rafael Correa, quien calificó este hecho como un claro acto de “persecución” en su contra.

Expertos económicos aseguraron entonces que hacía falta recursos para cubrir una deuda de 56.000 millones de dólares. Esta “economía al debe” marcó el destino que enfrenta el Ecuador hoy.

Las denuncias realizadas por Lenín Moreno y el anuncio de un nuevo plan económico que tiene como objetivo detener la crisis, además de exponer la realidad que por años Rafael Correo ocultó, se convirtió en la excusa perfecta para activar un plan de desestabilización en contra del gobierno.

Las protestas, que se extendieron por más de 10 días, convirtieron a la capital ecuatoriana en un campo de batalla y destrucción, aprovechado por un estado de confusión total, al pasar de ser un escenario de ejercicio legítimo de la protesta por parte del Movimiento Indígena y de otros sectores de la sociedad, a uno de actos vandálicos y de terrorismo.

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Se reportaron cinco personas muertas y centenares de heridos durante los enfrentamientos entre la Fuerza Pública y los grupos al margen de la ley, que promueven el caos con objetivos políticos.

Todo apunta a una sola cosa: El “correismo”, aliado con Nicolás Maduro y con grupos de narcotraficantes, estaría detrás de los atentados.

En días pasados, 17 extranjeros, entre cubanos y venezolanos, fueron detenidos cerca al aeropuerto Mariscal Sucre en Tababela, acusados de pertenecer presuntamente a un grupo que espiaba al presidente y al vicepresidente de Ecuador.

Fuentes del Gobierno de Lenín señalan incluso la participación de miembros del ELN y disidentes de las FARC en los sucesos recientes; que incluyen el incendio a las instalaciones de la Contraloría General del Estado y la desaparición de documentos pertenecientes a las investigaciones contra exfuncionarios del régimen de Rafael Correa.

Entre tanto, éste último, en una jugada típica de los sinvergüenzas promotores del socialismo del siglo  XXI, exige la renuncia de Lenín Moreno, solicita el anticipo de las elecciones y se postula como candidato para “sacrificarse” nuevamente por su pueblo, como todo un salvador.

La fórmula es idéntica a la que nos cocinan aquí: Marchas de vándalos instrumentalizados por los ‘elenos’, que aprovecharon seis años de impunidad y premio bajo el paraguas cómplice de un fallido acuerdo de paz, que hoy nos deja a los ciudadanos vulnerables y expuestos.

La ansiedad de poder de la izquierda enloquecida y dirigida por el Foro de Sao Paulo, es como la víbora sin cabeza: todavía es peligrosa; puede morder y envenenar, hasta llevar a la muerte.

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